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Carapacho pa la jicotea, Luis Cino

Pedro Luis Ferrer nunca fue de los cantautores nacionales preferidos por mí, que eran –y siguen siendo, a pesar de todo- Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Era demasiado guarachero para mi gusto. Para guarachar y tirar un pasillo, antes que las pretensiones filosóficas y el empaque poético de un trovador, prefiero a Los Van Van. O mejor aun, las bachatas   de Juan Luis Guerra, que nadie negará que es un poeta, naif y todo como suele ponerse con tiradas tales como “total, las palmas son más altas y los puercos comen de ellas.”

Admito mi predisposición a no creer en los cantautores cubanos, especialmente cuando se muestran contestatarios. Como Carlos Varela,  Frank Delgado y Pedro Luis Ferrer. Suelen virarse en blanco y terminar aplaudiendo –o abrazando- lo mismo a Juana que a su hermana…o su hermano.

Entonces, como estoy curado de espanto con los cantautores, no les hago mucho caso: los oigo como quien oye llover.

Digo esto para que nadie vaya a creer que le paso la cuenta a Pedro Luis Ferrer por lo demasiado conciliatorio que se muestra ahora con la dictadura. No me sorprendieron demasiado las declaraciones que ha hecho recientemente en Miami, esa ciudad donde la gente, tan solo llega, da los más inesperados vuelcos, a favor o en contra del castrismo.

Ni Pedro Luis Ferrer ni Los Aldeanos  me sorprendieron con sus declaraciones en Miami. Supongo que algún precio hay que pagar para poder  participar en el intercambio cultural en un solo sentido.

Que no me guste la música de Pedro Luis Ferrer viene de atrás.  A inicios de los  90, precisamente cuando lo habían desaparecido de la radio y la TV, sus canciones me saturaron.  Penetraban a toda hora –cuando había luz, quiero decir- a través de las ventanas y las paredes de mi casa, en La Víbora.  Mi amigo, vecino y ex alumno, el promotor cultural Reinaldo Jaén, cuando no tenía a Barbra Streisand a todo meter  en su grabadora, escuchaba al mismo volumen los cassettes piratas del cantautor proscrito.

Así, uno que trabajaba hasta la madrugada,  no podía dormir unas horitas de la mañana  sin que la Streisand anunciara “somewhere we´ll find a new way of living”. Ni qué decir de intentar escribir o echar un palito en paz al mediodía, antes de volver al trabajo, sin que Pedro Luis Ferrer proclamara, como si  alguien  lo pusiera en duda: “Tengo un amigo palero, tengo un amigo abakuá, son más hombres y más amigos que otros que no están en ná.”

Por entonces, Pedro Luis Ferrer ya no cantaba a las milicianas artilleras “de plomo y aguacero” ni a la vaquita Pijirigua que quería seguir a la antigua, sino que se quejaba y advertía del abuelo Paco y  reclamaba que viniera el estado de derecho a reinar en la  isla.

Reinaldo Jaén y la que entonces era mi esposa, Litay Luna, fueron los organizadores  del concierto de Pedro Luís Ferrer en mayo de 1994, en el Palacio de Bellas Artes, durante la Bienal de La Habana. Estuve en primera fila en aquel concierto, que por entonces, de tan rebelde, parecía temerario.  La abarrotada sala estaba vigilada por varios nada discretos segurosos. El público aplaudía a la menor alusión políticamente picante y coreaba las canciones prohibidas. Especialmente el Abuelo Paco.

Pasaron quince años antes de que volviera a un concierto de Pedro Luis Ferrer, el 24 de julio de 2009, también en el Museo de Bellas Artes. Ya no me pude sentar en las primeras butacas porque a los organizadores del espectáculo ni siquiera los conocía de vista -Rey había muerto de cirrosis hacía años y Litay, luego de nuestro divorcio, se largó a Buenos Aires.

La cantidad de segurosos al acecho en la sala era más o menos la misma que en 1994. Sólo que ahora vestían  pullovers –casi siempre rojos en vez de camisas de cuadros. En realidad, no era ya muy necesaria la vigilancia. El trovador no clamó por la venida del estado de derecho ni cantó El abuelo Paco. El público tampoco se la pidió, tal vez porque no conocía la canción, ya la había olvidado o porque había demasiados segurosos -y con ellos, por muy aburridos o indiferentes que parezcan, nunca se sabe…

En aquel concierto, Pedro Luís Ferrer cantó canciones de amor. Las de antes (Mariposa, Si no fuera por ti)  y las más nuevas. Y guarachas, mucha guaracha. Solo hizo levísimas  alusiones sociales. El público no coreaba las canciones. Tampoco reía mucho. Menos gritaba cuando criticaba algo, porque el cantor -¡pobre del cantor!- sencillamente no criticaba. Sólo reía, como el que de sus maldades se acuerda. Tal vez se acordaba que el día antes, en el mismo escenario, habían actuado los payasos Barquillo y Bombón…

Parece que  Pedro Luis Ferrer descubrió la conveniencia  de no ser demasiado contestatario. Máxime que ya los cubanos pueden entrar en los hoteles si tienen bastantes cuc, Mariela Castro y el CENESEX defienden los derechos de los que tienen “delirio de amar varones” -siempre que sean revolucionarios, faltaba más- y ya el Partido Único  permite ser palero, abakuá o cualquier otra cosa que se les antoje, excepto  disidente. Y Pedro Luis Ferrer parece conformarse con poquito más que eso  y los timbiriches.

¿Quién lo diría? Ahora  niega haber estado tan prohibido como nosotros suponíamos.  Qué digo nosotros, si hasta su ya difunto tío, Raúl Ferrer, con todo lo viceministro de Educación que era,  cuando lo oía cantar “El romance de la niña mala” de su autoría, en el patio de su casa, en la calle Luis Estévez, que era donde único podía hacer, muy de rato en rato, una especie de peña, donde más que otra cosa,  no podía contener la rabia por la mierda que le habían hecho a su sobrino del alma.

Pero ahora el cantautor  dice que nunca trabajó tanto como en ese tiempo que suponíamos de ostracismo.  Sólo que trabajaba y aun trabaja en su estudio casero, donde graba, no para la EGREM o Bis Music, sino para una disquera extranjera. Yanqui, por más señas. Los dólares que gana y sus viajes al exterior le ayudan, si no a olvidar, a sobrellevar del mejor modo posible que en su país todo se haya convertido, más que en espuma y arena, en agua y sal…

Pedro Luis Ferrer  evita ser “pendenciero”. En vez de llamar las cosas por su nombre, dice que “hubo políticas y decisiones desacertadas” y “un manojo de errores colectivos”.

¿Cómo que colectivos? ¿En qué fallamos nosotros? Pues en esperar lo que no debíamos. Explica Pedro Luis Ferrer, casi igual que lo haría Ricardo Alarcón, Bruno Rodríguez Parrilla o algún oficial de Seguridad del Estado: “En situación de asedio no cabe esperar normalidad”. Por supuesto que  el asedio es el de los yanquis,  la Unión Europea y cualquiera que critique al régimen, no el de la policía política y los porristas de las brigadas de respuesta rápida contra los ciudadanos que se atrevan a discrepar. Así que ya saben, mientras los yanquis no aflojen, podemos olvidarnos de las libertades políticas. Aunque no lo dijo a las claras, faltó poco para que Pedro Luis Ferrer dijera: “Compañeros, no jodan, que con lo bloqueada y agredida  que está la revolución, bastantes libertades tenemos”.

Pedro Luis Ferrer, que asegura  estar en contra de la anarquía y la  desobediencia social, dice que manteniéndose dentro de las fronteras del arte y la moderación institucional,  ha encontrado “un ilimitado y potable margen para expresar la discrepancia”.

El cantautor solo lamenta “ciertas restricciones”, tales como la ausencia de leyes que protejan las protestas públicas. Pero los artistas como Pedro Luis Ferrer no precisan enarbolar pancartas ni dar escándalos en la calle. Les basta con tener un discurso inteligente y respetuoso.  Allá los que no estén a su altura, no lo supieron interpretar y creyeron lo que no era. Allá los irresponsables que no encuentran la fórmula adecuada para disentir. Que se busquen un carapacho. Como las jicoteas. O Pedro Luis Ferrer.
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