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De porristas y chivatos, Luis Cino

 

En 1932, durante las tres semanas que pasó en Cuba, el  norteamericano Walker Evans  logró una impresionante colección de fotos de La Habana.

En varias de esas fotos hay una presencia constante, fantasmagórica e inquietante: un negro de mediana edad, vestido de traje blanco, corbata negra y blanca y sombrero de pajilla. Parado en una céntrica esquina de la ciudad, viendo pasar a medio mundo, sus ojos parecen seguirnos desde la fotografía.

Más de 20 años después, Guillermo Cabrera Infante consideraba que el tipo de las fotos, al que Evans bautizó como “el ciudadano de La Habana”, se veía “peligroso, tal vez por estar tan bien vestido”.

El autor de “Tres tristes tigres”, que a pesar de no haber nacido en La Habana, sino en Gibara, conocía a la legua  a   los habaneros, siempre mal pensado y sagaz, opinaba que el negro vestido de blanco –que indudablemente no era un iyabó- pudo ser un porrista de Machado.   

Lo más probable es que Cabrera Infante  estuviera en lo cierto, y el tipo fuera un esbirro de la Liga Patriótica.

Se me ocurre que el 12 de agosto de 1933, cuando cayó la dictadura de Machado,  pudo ser arrastrado y despedazado o ahorcado por las turbas enardecidas  que cobraron las cuentas a los esbirros. O tal vez sobrevivió y sirvió luego de apapipio al régimen de Batista. Y si es cierto eso de que hay  tradiciones familiares que perduran, va y alguno de sus hijos es chivato del régimen castrista.

En Cuba no habrá alimañas venenosas, pero además de muchos mosquitos, jejenes y cucarachas, hay chivatos y porristas a tutiplén. Peones del odio, prestos a ser azuzados por sus amos. Son nuestra maldición  nacional.

Siempre  hubo esta clase de gentuza. Desde los tiempos de los rancheadores que perseguían a los cimarrones y de los guerrilleros que combatían a los mambises con más saña que los españoles.  Pero  el castrismo ha sido la apoteosis de los chivatos y porristas.

Es algo patológico. Mientras más los maltratan y más hambre pasan,  más chivatos hay y más incondicionales son.

También están los que no pueden decir que no, porque tienen mucho que perder. Los que precisan de la sumisión para que los dejen hacer y deshacer. O sencillamente los que no pueden vencer el miedo y se dejan utilizar.   

Hombres y mujeres, de todas las razas, tallas, edades y atuendos. Muchos con camiseta roja con la  consigna  “Comandante en Jefe, ordene”.

Acechando y haciéndole un infierno la vida al prójimo,  que fue convertido por los jefes de la jauría en contrarrevolucionarios, antisociales, mercenarios, gusanos. Da lo mismo como los llamen. Son sólo eso: enemigos. Con ellos no puede haber compasión, les dijeron: hay que aplastarlos.

En los años 60 gritaban “paredón”, y apedreaban a los que iban a las iglesias. A dos generaciones de cubanos les inculcaron que había que vigilar y delatar a todo el que de cualquier manera obstaculizara el sistema, en la casa, la escuela, el barrio o el centro de trabajo.

 Los vi en el verano de 1980, arrear a golpes a una familia por La Víbora, empujar y golpear a una mujer en plena Rampa. No hubo escrúpulos ni contemplaciones con la escoria que expulsaron a patadas del paraíso revolucionario.

Tampoco la hay tres décadas después, cuando  acosan, insultan y golpean a las Damas de Blanco y a los opositores que las apoyan.

Gritan consignas que ofenden la dignidad y la decencia, con los rostros desfigurados por el odio, con dos o tres morales a cuesta, que es igual a no tener moral alguna -¡qué coño van a tenerla!-, con coreografía policial y merienda garantizada por el Partido Comunista y la Seguridad del Estado.

Un día estos porristas  quedarán solo en fotos detenidas en el tiempo, como las del fantasmal negro vestido de blanco que retrató Walker Evans en una céntrica esquina habanera. Solo que ellos, a diferencia del negro de Evans -que nunca se pudo saber realmente en qué carajo estaba en esa esquina-  no contarán con el beneficio de la duda. Si acaso, tendrán el de la lástima. Porque eso, en definitiva, más que asco, es lo que inspiran estos infelices.  
 luicino2012@gmail.com

Publicado en Primavera Digital

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