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Necesitamos muchísimo más, Luis Cino

Me gustaría pensar con el periodista Fernando Ravsberg, de BBC Mundo, que la unanimidad es cosa del pasado, que “el ejercicio de tantas voces que opinan por su cuenta” ayuda a fortalecer a la nación cubana. ¿Qué más quisiera! Pero no puedo…

Ojala fuese real el espejismo que ve o quiere ver Ravsberg. El desierto no se vuelve estepa porque haya un par de oasis más y a los camellos los sustituyan por dromedarios. Eso, si no  son los mismos camellos de siempre, pero disfrazados con nuevos pelajes.

Los que piensa Ravsberg que opinan por su cuenta –intelectuales, académicos, economistas, prelados- lo hacen en cenáculos y catacumbas, tienen un límite que por su propio bien, por su seguridad y la otra, la omnipresente Seguridad del Estado, jamás rebasan, y cuando lo hacen, se cercioran de haber dejado la puerta abierta tras ellos,  para tener hacia donde dar  marcha atrás cuando toquen retirada.

Esas opiniones son todas  bien serenas, prudentes y mesuradas. Y sobre todo, ahora que los mandamases corrieron un poquito más las cercas de la finca, dentro de la revolución.

¡Qué pena que a Ravsberg no le interese demasiado lo que la gente opina en las guaguas y las colas! Digo, por aquello del equilibrio.

Dice Ravsberg que le contaron que “durante los primeros años de la Revolución los debates políticos eran constantes”. A mí no me lo contaron. Soy cubano y he estado aquí a tiempo completo. Me ha resultado y todavía me resulta más que difícil, asfixiante, vivir en semejante uniformidad. Pero eso me da algunas ventajas, tales como poder aclararle a Ravsberg que los debates, luego de la euforia de 1959, no fueron precisamente como él se imagina que fueron.

En los años 60, los debates eran entre comisarios, mandamases y mandarines. Solo entre ellos. Debatían, por ejemplo, los deslumbrados con el maoísmo con los más ortodoxos pro-soviéticos,  cuál debía ser el régimen de propiedad sobre los medios de producción, si el estatista o el socializante, pero al final, el Árbitro en Jefe decidía lo que le salía de sus cojones, como hizo cuando la ofensiva revolucionaria de 1968, cuando intervino hasta el último chinchal, puesto de fritas o barbería y nos sumió en el más misérrimo comunismo de guerra.

La doctora Graziella Pogolotti  puede ilustrar a Ravsberg sobre el debate cultural en aquellos años, cuando los comisarios se mostraban tan escandalizados e inquisidores con las películas de Fellini, el Pato Donald y los Beatles,  como la pobre doctora se muestra atacada hoy con el abominable y despelotado reguetón.

Es cierto que ha cambiado la Cuba que se encontró Ravsberg  en los 90, “la del pensamiento único, la de los apoyos unánimes, la de los escrutinios del 99,99% y de Mesas Redondas en las que todos repiten lo mismo”. Pero básicamente sigue siendo la misma. Que si de las ganas de los mandarines dependiera…

Ahora mismo, la mayoría de los debates que  tanto  impresionan a Ravsberg  están salpicados de citas del Infalible en Jefe y el Sucesor, como aquello de “cambiar todo lo que deba ser cambiado”.
Hubo muchas expectativas en el año  2007 cuando Raúl Castro convocó  a un debate nacional sobre el presente y el futuro del país. Señala Ravsberg que “cinco millones de cubanos le respondieron con más de un millón de críticas, hiriendo de muerte a la unanimidad”. Pero el caso que hicieron a las críticas fue poco y lento. Como mismo se encendieron los bombillos rojos, los retranqueros del inmovilismo los apagaron o sustituyeron por otros rosaditos. O de cualquier color. Y lo más que hubo fue los dichosos Lineamientos del VI Congreso…

Que me disculpe Ravsberg, pero el réquiem es prematuro: la unanimidad dista mucho de estar muerta. Principalmente, en los lugares donde más debía estarlo,  donde no debía existir ni rastro de ella. En la prensa oficial, que sigue sorda, ciega y muda, silenciando las discrepancias, pintando un país que no se parece al real.  En la Asamblea Nacional, donde la unanimidad sigue tan viva y coleteando como siempre. Aquello es un coro más afinado que el de Digna Guerra. Allí no se debate,  se aplaude. Y se habla un poco de mierda. Solo por hablar no más. Ahora mismo que alguien me explique a qué coño se refirió  Marino Murillo -que de tan gordísimo como está pronto no cabrá en la pantalla del TV- cuando habló del “crecimiento biológico” de la población cubana durante el año que concluye.
Allá quien se conforme con los timbiriches, los tugurios y marabusales arrendados,  la muela bizca del socialismo democrático y participativo,   las cartas al Granma que parecen escritas por Teté Comité o Doris Day en sus buenos tiempos; los blogs que  se suicidan como presos en celda de castigo; las tormentas con comején de e-mails de escritores asustados por los fantasmas del pasado que no murió; los artistas que se preocupan porque el nuevo ministro de Cultura, con mentalidad de bodeguero –ay, Abel Prieto, nadie sabe lo que tiene hasta que no lo pierde-, quiere que el arte se autofinancie;  los debates del último jueves de la revista Temas, a los que la Seguridad del Estado cuando le viene en gana decide quien puede entrar y quien no; los chistes de Mente de Pollo en la televisión, las piruetas semántico-ideológicas de Alfredo Guevara, Esteban Morales y la revista Espacio Laical…

Todos sabemos que para que la nación se fortalezca y se salve, necesitamos mucho, pero muchísimo más…
luicino2012@gmail.com

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