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El papel de víctimas que tan bien hacemos, Luis Cino

 

Con la más reciente película del director Daniel Díaz Torres, “La película de Ana”, como con otras de la más reciente cinematografía cubana, uno no sabe si deprimirse, sentir pena o seguir la rutina de volver a reírnos de nuestras vicisitudes y el modo en que las afrontamos. Si es que en definitiva, todo eso no resulta tristemente lo mismo.

En el filme, Ana, encarnada muy convincentemente por Laura de la Uz -en el que probablemente sea su mejor papel hasta ahora- es una poco afortunada actriz que a cambio de ganarse 500 dólares para comprarse un refrigerador, acepta fingirse una jinetera y contar la mala vida que se inventa para un documental extranjero. Para ello, recurre a la exageración y el regodeo escatológico en nuestras miserias y desventuras.

Es una actitud muy frecuente entre muchos cubanos cuando quieren describir el modo en que viven a los extranjeros. Más aun si esperan  sacar algún provecho. Como si con la realidad, dura y fea como es, no fuese suficiente para conmover a cualquiera.

La culpa de eso, en buena parte, la tiene -además de ya sabemos quiénes-, cierto tipo de turista extranjero, que luego de dar por perdida la meca revolucionaria, ahora se deleita con los edificios en ruinas,  el exotismo folklórico, la prostitución barata, nuestra dignidad en subasta.

No les basta la literatura del realismo sucio y las películas de jineteras, balseros y freakies que se inoculan el SIDA; necesitan estimular su morbo con  las historias en boca de los perdedores, tan francos y desinhibidos como somos;  luego, si se sienten suficientemente conmovidos, ejercen la caridad, de la manera que es entendida en el Primer Mundo.

No fuimos capaces de construir el paraíso revolucionario, ni siquiera de simularlo, porque no había modo, y ahora, para no defraudar a los foráneos, con lo baja que anda nuestra autoestima nacional luego de tanto fracaso, es como si estuviéramos obligados a  complacerlos mostrándonos ante los lentes de sus cámaras, desaforadamente despelotados, sexys, sicalípticos, extremados en el remeneo y la chusmería, en los solares y entre las ruinas, a ritmo de timba y reguetón.  Y siempre recordándoles que necesitamos con desesperación sus dólares y sus euros para no morirnos de hambre.

Jineteras, pingueros, timadores, pillos de toda laya,  chivatones desmerengados que ya tienen permiso para pedir auxilio a sus parientes de Miami, babalaos y santeras de utilería, viejitos barbudos disfrazados de Fidel Castro que pagan licencia de figurantes en la Habana Vieja, artistas que por encargo traicionan a sus musas, fanáticos de la pacotilla, gente desesperada por largarse a cualquier lugar del mundo… ¿Y qué queda de nuestra vergüenza y dignidad?  Porque bastante malparados como pueblo quedamos en esto de sobreactuar constantemente el papel  de víctimas. Como si nos valiese de algo.
luicino2012@gmail.com

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