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Rayuela cumple 50 años, Luis Cino

Rayuela, la novela de Julio Cortázar que definitivamente dinamitó la linealidad narrativa en la literatura latinoamericana, “nuestro Ulises”, como sin exagerar la han definido algunos, cumple 50 años.

Y ante  aniversario tan redondo de una obra  trascendental donde las hay, los que amamos la literatura de este continente, particularmente los escritores o aspirantes a ello – ¿quién dijo que se frustra  un escritor  simplemente porque una dictadura rufianesca e iletrada y ciertas circunstancias derivadas de ese hecho le impidan concretar la publicación de sus libros?- siempre tendremos algo que decir. Aunque sea confesar nuestra impotencia en la consecución de un método -o absoluta falta de él- como el de Cortázar, para narrar ciertas historias y atmósferas que desafían el tiempo y la racionalidad, al menos como son habitualmente entendidos. Admitir, una vez más, que Cortázar, un tipo que se negó a envejecer y a morir después de la muerte, es único, incluso en sus dislates políticos y su consagración a causas que realmente no se lo merecían.

Fui un lector muy precoz. Rayuela fue uno de los muchos libros que leí cuando aun no tenía suficiente edad para disfrutarlo y sacarle provecho. Confieso que  esnobistas como éramos mucho en aquellos benditos años en que estaba de moda ser inteligente, me servía para reforzar mi fama de tipo de vanguardia, que estaba “siempre en la última”. En definitiva, me alegra que siquiera así haya descubierto Rayuela. No tengan dudas: siempre queda algo de lo que uno lee en edades tempranas.

Por suerte, desde entonces,  he vuelto a leer Rayuela tantas veces que ya he perdido la cuenta. De hecho, pertenezco a la generación para la que Rayuela es un  libro de cabecera. Y Cortázar un referente literario tan imprescindible como Faulkner, Hemingway o García Márquez. Personalmente, nunca he envidiado tanto un relato como “El perseguidor”.

Guardo como un tesoro, que ha sobrevivido a mudanzas, divorcios, huracanes y otros desastres, aunque bastante ajada por el tiempo, un ejemplar de la edición de Rayuela que hizo Casa de las Américas en 1969, con aquel intrincadísimo prólogo de Lezama Lima de más de 23 páginas  que comenzaba: “Desde la época de los imbroglios y laberintos gracianescos, había una grotesca e irreparable escisión entre lo dicho y lo que se quiso decir…”

Cada cierto tiempo vuelvo a Rayuela y escojo  entre las dos posibilidades que sugería Cortázar de leer  el libro (o los dos, o los muchos libros posibles): de la forma corriente, del capítulo uno (“¿Encontraría a la Maga?”)  hasta el 56, o empezando por el  73 y siguiendo luego en el orden indicado al pie de cada capítulo. Y siempre trato de no caer en la emboscada del autor para hacernos perder el capítulo 62.

Si no dispongo de mucho tiempo para leer, si atravieso por una de esas periódicas crisis de hoja en blanco, supersticioso como soy con ciertos libros y autores,  hago con Rayuela lo mismo que con Hojas de Hierba, de Whitman, o la Biblia: leo la página abierta al azar. O la anterior. O la siguiente. No  más allá. Seguro que siempre tendrá algo que decirme. Aunque no necesariamente sea lo que espero que me diga ni exacta y aristotélicamente de esa manera. Ni falta que hace. La literatura  no  complaciente  se  agradece el doble. O el triple. Que es lo que sucede con  Rayuela, que tan  invicta y pasmosa como siempre, se apresta a cumplir los 50 años.
luicino2012@gmail.com

(Publicado en Primavera Digital número 257)

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